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El Retrato (Cuento Ganador del I Premio Gorila de Literatura)

Harold Cóndor (Autor)
Cuando Alonso Devoto volteó el recodo que conducía a la puerta principal del hospital pensó haber vivido una experiencia semejante. Irritado, habría seguido de frente como otras veces, sino fuera porque esta vez sus prejuicios cedieron ante un instinto inexplicable. Hacía tiempo que había olvidado por razones prácticas la enfermedad de su madre, la amaba pero de una manera amable pagando sus cuentas y enviándole regalos. Aquella tarde, sin embargo, una llamada del médico lo había plantado allí, entre las paredes yuxtapuestas y los premeditados motivos religiosos del sanatorio. Sentimental imaginaba su reunión con ella. En la habitación lo esperaban unas pocas personas agrupadas alrededor de la cama, un par de casi olvidados conocidos le dieron la bienvenida. Las miradas cómplices parecían exigirle un papel protagónico. Se acercó y le tomó las manos amontonadas junto a unos rosarios. Unas palabras al oído y un beso fueron la señal de la despedida.
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Afuera todavía era de día, las hojas secas agraviadas por el viento y la bruma de otoño se arremolinaban cerca de las cabezas causando un revoltijo entre los transeúntes. Conminado por el frío caminaba con la cabeza hundida en el pecho. Le angustiaba la idea de encontrarse con alguien, siempre sentía miradas a sus espaldas. Debí llorar- pensó- no me hubiera costado mucho hacerlo frente a todos. En aquel momento recordó las palabras del médico: “la muerte cerebral aconteció pasada la medianoche. Debe estar tranquilo se fue como una santa, sin quejas ni hemorragias”. Al principio estas palabras duras engendraron en él un sentimiento de desdicha, pero como fuera quedándose absorto en su dolor nunca parió lágrimas. Era de noche cuando le despertó el timbre del teléfono. En medio de la oscuridad del dormitorio contestó. Casi no recordaba nada de lo que le había predispuesto en aquel sueño profundo. ¿Sabes quién soy?- preguntó una mujer. ¿Quién eres?- replicó Devoto. Durante unos segundos nadie contestó, luego el ruido ensordecedor de fiesta y las promesas de enamorados se fueron diluyendo. ¿Quién está alli?- insistió. Silencio. ¿Eres tu mamá?- dijo involuntariamente. Su rostro lleno de lágrimas se deslizó como un viejo recuerdo por la habitación. Colgó con un golpe. Luego se arrepintió. Esa noche se celebraba el aniversario de la compañía, aquel ruido y la voz de una mujer le persuadieron de que ella lo había llamado.
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Sus ojos se abrieron a la bombilla ardiente del baño. Mientras se restregaba en la ducha no entendía el ritual de dejar correr el agua sobre su cuerpo. Atribuyó aquel sinsentido a su cansancio. En el espejo del lavabo, se inspeccionaba con detenimiento los duros pliegues que nacían a ambos lados del paladar y el lunar pegado a una de las aletas de la nariz. Nada le parecía familiar en aquel reflejo. Pensó en su madre rodeada de aquel concierto de espejos desconocidos reproduciendo su calamidad.
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Para cuando llegó al restaurante, el lugar estaba repleto. Desubicado, vio entre las mesas y encontró en las del centro una silla desocupada. Fue a sentarse junto a una señora de mediana edad que le dio la bienvenida con un guiño. A su alrededor los vecinos comentaban. Escuchó a uno ufanarse de los placeres de su secretaria y a otro más sofisticado decir que ellas llegan hasta donde las dejan. Su vecina echó una carcajada que la jaló hacia atrás donde estaba Devoto. Aquella espalda sinuosa más la mezcla de vino y sangría le habían estimulado tanto que tenía abultada la pernera del pantalón. Cuando la mano de la mujer buscó donde asirse encontró un falo duro que la hizo batirse en retirada sobre el mantel cubierto del malbec. Una marea roja se esparció por la línea del busto de la señora. Las miradas cómplices buscaron alguna explicación, sólo uno dijo con malicia: “nuestro socio ha mojado a la doctora”.
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Devoto escuchó que decían su nombre. Ebrio no entendía por qué le hacían señas del otro lado del restaurante. Allí vio a Susan y otros conocidos del estudio que habían escuchado el eco apurado de una copa partida y visto el descenso de unos glúteos a rebosar. Pero él estaba solo sin conocer a nadie porque seguramente aquellas serían las mesas de los inversionistas. Se levantó débil recogiendo todas las miradas. De nuevo aquellos espejos que importunan el alma-pensó. Rodeó los meandros de las mesas que formaban unos codos y escuchó fragmentos de conversaciones donde se hablaba de él. No había cruzado la mitad de la sala cuando sintió que lo jalaban del brazo, arrebatado luchó por soltarse y resbaló. En un segundo las lámparas estándar de sus ojos se apagaron.
Todo era monocromático. Un sol ardiente velado por un cono de sombra caía sobre él. Es la segunda vez después de dieciocho años, le avisaré a mamá o se quedara dormida-pensaba- mientras su cuerpo pugnaba por desasirse. En su cabeza alguien dijo eclipse en el preciso instante que un puño enguantado le hizo besar la superficie del piso.
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-La nariz está en su lugar- dijo el médico.
-Ha estado sangrando desde que lo traje- respondió ella.
-Y su madre como sigue- preguntó. Un colega me ha comentado que sufrió un nuevo derrame.
-No le puedo decir, él tampoco habla mucho. En la oficina no sabíamos que ella estaba mal hasta esta mañana que llamaron del hospital.
-Yo tampoco me he enterado por él. He sido amigo de la familia antes de que Alonso naciera. Es un poco como su padre...Pero cómo tiene usted mi teléfono. Es usted su mujer-preguntó el hombre perspicaz.
-Es un amigo del trabajo y su número lo encontré en su billetera. Así que su padre- decía la mujer en voz baja- mientras acompañaba al médico a la puerta.
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En el momento que oyó la voz de una mujer se sintió aliviado. Seguro que mamá estaría en casa, pensaba Devoto, sin abrir los ojos. Le pesaba la cabeza y le zumbaban los oídos. El golpe le había puesto sensible a los ruidos, podía oir incluso el paso rápido de una cucaracha. Escuchó el susurro de una voz suplicante en el teléfono: “espérame, ya salgo”-decía. Tuvo la sensación de estar anticipándose a un evento conocido. Según su costumbre rompería la cadena de sucesos con un hecho inesperado. Recordó la extraña llamada que había recibido en su casa. No se equivocaba, aquella voz era de Susan, la secretaria ejecutiva del estudio. Este era su departamento, pero con quién hablaba y por qué no había respondido a su invitación. Alguien llamó a la puerta con insistencia. La mujer colgó el teléfono y con el paso apresurado que blandía los pliegues de su falda abrió sin herir el cerrojo.Eres una puta- injurió una voz. La mujer con el gesto hacía ruegos de silencio. Qué mierda te crees, por mi eres la secretaria del presidente y te vas con ese cojudo- reclamaba el hombre irritado. Lo he visto yo mismo, el tipo estaba en mi mesa agarrándole el culo a mi prima. Devoto lo había escuchado todo, ahora recordaba aquella paliza que recibiera dentro y fuera del restaurante. En el taxi Susan lo había llevado recostado a su departamento. Él había llorado y ella le regaló un beso.
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Es más de medianoche, pensó Devoto mientras bajaba por una avenida larga. Recordó los agrios reproches que el señor Hugo Miroquesada Rizo-Patrón- condecorado con la Gran Cruz del Congreso de la Republica, Gran Cruz de la "Orden Peruana de la Justicia”, autor de un libro de Tauromaquia, socio honorario del Club Regatas, y desde luego buen esposo y mejor padre- había hecho a una sencilla asistente, hija de un barrio limeño de clase media. Aquel recuerdo cedió a la imagen perversa de su rostro enmarcado en el espejo del baño. El contraste con las toallas y la bisutería femenina precipitaban aun más su imaginación. Su rostro de párpados lívidos con la boca aplastada y la cabeza sin pabellones externos le recordaron la idea de un sapo. Enfurecido rompió de un golpe el espejo. Pensaba en la abominable forma cuando se percató que había caminado varias horas sin ningún rumbo. Quiso llamar un taxi pero no encontró su billetera. Mierda- dijo en voz alta- llamaré a casa para que mamá pague. No encontró a nadie. Sintió que le temblaban las piernas, buscó en los basurales unos cuantos folios de papel periódico y se echó a dormir en una banca.
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Una nube se acercaba. Eres un inútil escuchó gritar a su madre detrás de la puerta. Afuera estaba lloviendo, qué placer sentía frente a la estufa y con las manos sobre sus celdas. Sacaba cuentas con sus dedos. En 1990 cumpliré 18 años- pensaba satisfecho. Echado en su cama, miraba sobre su cabecera aquel retrato que lo acompañaba. Instintivamente volteó los ojos al fuego y a las nubes que se formaban en las ventanas. Alguien jaló del picaporte de la puerta. Era su madre con la mitad del cuaderno en una mano y las hojas arrancadas en la otra. La nube reventó en el panel de cristales. El retrato estaba húmedo de lágrimas. Devoto rodaba inútilmente. Se despertó rodando sobre los jardines húmedos de un parque. Vio sus manos tiznadas del papel periódico. Caminó por la avenida que hubiera conocido hacía menos de 24 horas antes. Disfrutaba del anonimato que le prestaba la noche y las palomas presagiando la destrucción del universo. Llegó a la recepción del hospital en medio de sombras, vio tendido un hombre de uniforme, cruzó los pasadizos sin ninguna precaución hasta el piso de cuidados intensivos. Aquellos espejos terribles duermen a esta hora- dijo con resentimiento-. Encontró a su madre conectada al ventilador. Se sentó al costado de la muerta y allí se quedó pensando hasta que amaneció.
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Devoto volvió a casa después de mediodía. El cerrojo estaba roto y la puerta semiabierta. Se persuadió de que se trataba de un robo, pero ni bien se asomó vio que un hombre apuntaba con el dedo índice en varias direcciones. Otro apareció por detrás. Este lo reconoció por la foto colgada en la pared. Es usted el señor Devoto-preguntó. Su porte alto y desgarbado, con la mano derecha a un costado del cinto le obligaron a responder. Soy Alonso Devoto- dijo y añadió que era la casa de su madre. El más pequeño y desconfiado se animó a preguntar por la noche anterior. Pero antes de que pudiera responder, le puso al tanto de que habían estado con otras personas. Le preguntó si recién llegaba de la fiesta. En ese momento, Devoto pensó que no tenía otra alternativa que confesar. Contestó que había estado con su madre en el cuarto de hospital. El hombre lo interrumpió de nuevo, mostrándole una billetera. Hemos encontrado esta billetera en el cuarto de la señorita Susan B- dijo.
Devoto escuchó con terror ese nombre, vio cómo los pingues dedos del enano parecían disfrutar de la superficie lisa del cuero. He amanecido con mi madre muerta- repitió automáticamente. Se miraron los hombres sorprendidos y con una mirada de conmiseración se le informó que habían encontrado muerta a la mujer. Todo hacía presumir-siguió diciendo el hombrecito- que su amante la había matado por celos. Ellos recogieron la denuncia de un vecino quien aseguraba que un hombre con la descripción del señor Miroquesada había golpeado a la mujer. El hombre grande le tocó el hombro y le preguntó sobre aquel comentario en la empresa, acerca de que la mujer tenía amoríos con él y con un socio importante: “Ayúdenos a cagarlo al huevón”- dijo en un tono violento- ya los diarios han hecho su trabajo”. Devoto consternado no respondió, pensaba en Susan y en su desgraciada suerte que la había conducido hasta las frías losas del baño. El ruido que salió de allí casi la había hecho desfallecer. Ella lo levantó y le buscó febrilmente sus manos acogolladas de cristales y de sangre. Lo negaría todo se obstinó en pensar Devoto. Sintió aquella opresión en el vientre. Un ruego. Se llevaron a la niña- susurró doloroso. Los sentidos emergentes de la mujer dieron cuenta del osario de las amebas y las hemorragias internas. Ella se estaba quedando sola. Sintió cosquillas en sus piernas y mariposas sobre su seno lánguido. Escuchó una vez más la pregunta del médico: ¿Es usted su mujer?. El ganó y ella se había quedado vacía. Devoto se detuvo, no quiso seguir viendo. Su mente se contrajo y oteó el pequeño mundo que giraba a su alrededor. Divisó la mesa donde se amontonaban sus recuerdos, encontró encima el retrato que lo había acompañado desde niño y que nunca había olvidado. Se vio en aquel espejo al tiempo que recordaba las celdas calientes de la estufa y a su madre con el rostro encendido. Su propio rostro se había convertido en una nube sentada sobre un gran tallo de carne.Sólo entonces lloró con la prolijidad del niño retratado. Cuando olvidó el motivo de su llanto, confesó que él la había matado. (Harold Condor)