El seguimiento había durado toda la mañana. Ahora por obra mía más que de la casualidad, me lo encontraba en la ventanilla de préstamos de la Biblioteca. El me reconoció primero y me extendió su mano. Yo, que hasta entonces me había dedicado a conocerle casi de espaldas, le ofrecí la mía no sin cierto pudor de mi parte. Con los libros bajo el brazo nos dedicamos a cotejar los títulos en silencio. Ninguno de los dos dijo una palabra, sólo la sonrisa ausente en su rostro parecía ofrecer una muestra de solidaridad a mis aficiones literarias.
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Viéndole desaparecer de nuevo en el salón de lectura aún pensaba en aquella frente amplia de ojos embetunados por ojeras como dos tacitas de café. Su aspecto también contradictorio consistía de un buzo ceñido y un par de sandalias de cuero. En aquel lugar rebosante de sana juventud donde él despertaba el humor de los más jóvenes, yo descubría el siniestro ´nada´. Era inútil seguir esperando. Había anticipado la nulidad de mis compañeros pero ahora se confirmaba la de mis maestros. Aprendería solo si esto era posible.
Viéndole desaparecer de nuevo en el salón de lectura aún pensaba en aquella frente amplia de ojos embetunados por ojeras como dos tacitas de café. Su aspecto también contradictorio consistía de un buzo ceñido y un par de sandalias de cuero. En aquel lugar rebosante de sana juventud donde él despertaba el humor de los más jóvenes, yo descubría el siniestro ´nada´. Era inútil seguir esperando. Había anticipado la nulidad de mis compañeros pero ahora se confirmaba la de mis maestros. Aprendería solo si esto era posible.
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Fue entonces que decidí darle una tregua a la Universidad. Como quería evitar el encuentro desafortunado no volví tampoco a su Biblioteca, lo que me llevó a frecuentar la pública del centro de Lima. Desde el primer día, me impuse un régimen tan inflexible que no pocas veces esperaba en el vestíbulo hasta que los empleados comenzaban sus labores. Era tal el brillo que quería darle a la mía, que ya pensaba en algún curioso preguntando por el lector voraz de la última mesa; en ocasiones, también imaginaba el rostro sorprendido de un interlocutor ficticio al enterarse de que pudiera leerse ocho horas seguidas.
Fue entonces que decidí darle una tregua a la Universidad. Como quería evitar el encuentro desafortunado no volví tampoco a su Biblioteca, lo que me llevó a frecuentar la pública del centro de Lima. Desde el primer día, me impuse un régimen tan inflexible que no pocas veces esperaba en el vestíbulo hasta que los empleados comenzaban sus labores. Era tal el brillo que quería darle a la mía, que ya pensaba en algún curioso preguntando por el lector voraz de la última mesa; en ocasiones, también imaginaba el rostro sorprendido de un interlocutor ficticio al enterarse de que pudiera leerse ocho horas seguidas.
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Y tan naturalmente concebía estas ideas que fuera de aquel lugar triscado de quincha y cemento, de estanterías y de libros las llevaba conmigo. Me paseaba con ellas durante todo el trayecto hasta mi casa. Cualquiera fuese el resquicio, la luz al final de una quinta, una puerta de madera vieja: todo servía para despertar aquella idea que me iba poseyendo. Cuando al fin llegaba ardía como un demonio. Allí luego, todo era pleito, la mirada atónita de mi madre por algún comentario anticlerical y la incomodidad de mi padre al escucharme hablar con ironía del semblante gris de los abogados.
Y tan naturalmente concebía estas ideas que fuera de aquel lugar triscado de quincha y cemento, de estanterías y de libros las llevaba conmigo. Me paseaba con ellas durante todo el trayecto hasta mi casa. Cualquiera fuese el resquicio, la luz al final de una quinta, una puerta de madera vieja: todo servía para despertar aquella idea que me iba poseyendo. Cuando al fin llegaba ardía como un demonio. Allí luego, todo era pleito, la mirada atónita de mi madre por algún comentario anticlerical y la incomodidad de mi padre al escucharme hablar con ironía del semblante gris de los abogados.
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El día llegó inevitablemente…
El día llegó inevitablemente…
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Era casi fin de año y no había adelantado nada en la Universidad. Pero esto no era razón para regresar, confiaba que Papá finalmente prefería el genio al abogado. Esa confianza me impulsó a tomar con más voluntad mis tareas y aumentar mis cuotas de ocho a diez horas diarias sentado en aquellas urnas fúnebres que eran las mesas para seis de la Biblioteca Nacional. Aquella tenacidad me perseguía aún durante el sueño pues una vez lloré amargamente de que Göethe me atacara injustamente en un artículo y desperté gritando: ¡Naturaleza! ¡Naturaleza!.
Era casi fin de año y no había adelantado nada en la Universidad. Pero esto no era razón para regresar, confiaba que Papá finalmente prefería el genio al abogado. Esa confianza me impulsó a tomar con más voluntad mis tareas y aumentar mis cuotas de ocho a diez horas diarias sentado en aquellas urnas fúnebres que eran las mesas para seis de la Biblioteca Nacional. Aquella tenacidad me perseguía aún durante el sueño pues una vez lloré amargamente de que Göethe me atacara injustamente en un artículo y desperté gritando: ¡Naturaleza! ¡Naturaleza!.
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Con el tiempo empecé a sentir el cansancio. Mis horas de lectura se interrumpían por indeseables adormecimientos y conmigo echando babas y con cara de foca, balbuceando. Mis alucinaciones cada vez más verídicas se insinuaban ora como un párrafo perdido, ora en una voz que me llamaba por mi nombre. Pero aquella dramatización casi siempre terminaba con un porrazo contra la mesa. Cuando eso pasaba, de un salto aceleraba la marcha hacia los estantes más lejanos sin que nadie se hubiera dado cuenta de mi doblez. Esto al menos lo pensaba hasta que un día descubrí que un estudiante me miraba divertido. Como no le había visto antes, yo continué fingiendo. Tampoco él parecía interesado en lo que leía, pues después de unos minutos se levantó de su silla y caminó por todo el lugar.
Con el tiempo empecé a sentir el cansancio. Mis horas de lectura se interrumpían por indeseables adormecimientos y conmigo echando babas y con cara de foca, balbuceando. Mis alucinaciones cada vez más verídicas se insinuaban ora como un párrafo perdido, ora en una voz que me llamaba por mi nombre. Pero aquella dramatización casi siempre terminaba con un porrazo contra la mesa. Cuando eso pasaba, de un salto aceleraba la marcha hacia los estantes más lejanos sin que nadie se hubiera dado cuenta de mi doblez. Esto al menos lo pensaba hasta que un día descubrí que un estudiante me miraba divertido. Como no le había visto antes, yo continué fingiendo. Tampoco él parecía interesado en lo que leía, pues después de unos minutos se levantó de su silla y caminó por todo el lugar.
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La sección dedicada a la literatura quedaba en el sotano de la Biblioteca. Sus techos altos de largos fluorescentes con las paredes desiguales no dejaban pasar las ráfagas de aire de la contaminada Avenida Abancay. Los pisos de distinta hechura anticipaban desde que uno ingresaba al recinto la improvisación de aquellas almas que allí se congregaban. Aquí llegué después de aquel período en que mi espíritu se hallaba dominado por la Filosofía. Aquí también conocí a Maurizio, el estudiante de 14 años que iba a hacer sus tareas de colegio.
La sección dedicada a la literatura quedaba en el sotano de la Biblioteca. Sus techos altos de largos fluorescentes con las paredes desiguales no dejaban pasar las ráfagas de aire de la contaminada Avenida Abancay. Los pisos de distinta hechura anticipaban desde que uno ingresaba al recinto la improvisación de aquellas almas que allí se congregaban. Aquí llegué después de aquel período en que mi espíritu se hallaba dominado por la Filosofía. Aquí también conocí a Maurizio, el estudiante de 14 años que iba a hacer sus tareas de colegio.
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Con la cara redonda de labios gruesos y mentón retraído su aspecto no era todavía el de un hombre. Algunas veces dudaba viéndole la frente cubierta por un rebelde mechón castaño y las pecas limpias sobre el torso blanco. El me siguió porque había escuchado que yo era un buen lector de novelas y como no le gustaba leer prefería que yo le hiciera la tarea. Cuando me pidió ayuda yo me negué por principio, ya que nunca he estado a favor de las lecturas de segunda mano; pero luego acepté porque le haría bien a su formación tenerme como guía.
Con la cara redonda de labios gruesos y mentón retraído su aspecto no era todavía el de un hombre. Algunas veces dudaba viéndole la frente cubierta por un rebelde mechón castaño y las pecas limpias sobre el torso blanco. El me siguió porque había escuchado que yo era un buen lector de novelas y como no le gustaba leer prefería que yo le hiciera la tarea. Cuando me pidió ayuda yo me negué por principio, ya que nunca he estado a favor de las lecturas de segunda mano; pero luego acepté porque le haría bien a su formación tenerme como guía.
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Nuestras conversaciones de las tardes me habían entusiasmado a escribir un libro para los lectores ideales. Se lo dedicaría a él, mi hermano espiritual. El valor de este libro, le decía ardorosamente, reside en que está decididamente destinado a fracasar. Sentía ya crecer la idea cuando en el preciso instante en que se transparentaba, él me agarró a la tierra apretando mis manos entre las suyas. Irritado le grité: ¡suelta maricón!. El me soltó y se fue con el rostro convertido en una zarza en llamas.
Nuestras conversaciones de las tardes me habían entusiasmado a escribir un libro para los lectores ideales. Se lo dedicaría a él, mi hermano espiritual. El valor de este libro, le decía ardorosamente, reside en que está decididamente destinado a fracasar. Sentía ya crecer la idea cuando en el preciso instante en que se transparentaba, él me agarró a la tierra apretando mis manos entre las suyas. Irritado le grité: ¡suelta maricón!. El me soltó y se fue con el rostro convertido en una zarza en llamas.
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Pasaron varios días y no volví a saber nada de Maurizio. Pregunté a las encargadas del vestíbulo Lo busqué en las otras secciones inclusive en las de Arte e Historiografía. Esperaba que saliera el último usuario con la esperanza cristiana de volver a verle. Hasta llegué a insultar a la encargada de los libros de registro por decirme en la cara que no tenía inscrito a ningún Maurizio. En el colmo de su cinismo, dijo que jamás entraba un estudiante a la sección de adultos porque ellos tenían su propia Biblioteca.
Pasaron varios días y no volví a saber nada de Maurizio. Pregunté a las encargadas del vestíbulo Lo busqué en las otras secciones inclusive en las de Arte e Historiografía. Esperaba que saliera el último usuario con la esperanza cristiana de volver a verle. Hasta llegué a insultar a la encargada de los libros de registro por decirme en la cara que no tenía inscrito a ningún Maurizio. En el colmo de su cinismo, dijo que jamás entraba un estudiante a la sección de adultos porque ellos tenían su propia Biblioteca.
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Enfermé por esos días y tuve que quedarme en casa. Allí convaleciente encontré una tarde entre mis papeles llenos de citas e ideas las reseñas que le había escrito. Cada una de ellas aparecía intacta en mi memoria. Con la cabeza negaba aquella evidencia cruel que es la realidad: Una existencia imposible tras una idea tan viva.
Enfermé por esos días y tuve que quedarme en casa. Allí convaleciente encontré una tarde entre mis papeles llenos de citas e ideas las reseñas que le había escrito. Cada una de ellas aparecía intacta en mi memoria. Con la cabeza negaba aquella evidencia cruel que es la realidad: Una existencia imposible tras una idea tan viva.
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Era el fin de una ilusión…
Era el fin de una ilusión…
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He vuelto a la vida: entretanto, mi padre se ha enterado de que he perdido un año de clases. La desconfianza conque miro las cosas se insinúa lenta pero constante. Me voy haciendo eso que el mundo llama "ser alguien". Pero hoy-mientras escribo estas líneas-un soplo me arrebata y prefiero ser ese otro yo llamado Maurizio. (Harold Condor)
He vuelto a la vida: entretanto, mi padre se ha enterado de que he perdido un año de clases. La desconfianza conque miro las cosas se insinúa lenta pero constante. Me voy haciendo eso que el mundo llama "ser alguien". Pero hoy-mientras escribo estas líneas-un soplo me arrebata y prefiero ser ese otro yo llamado Maurizio. (Harold Condor)
