Si hubiera estado preparado para la noticia, tal vez la miseria habría invadido su espíritu, y la desesperanza lo sumiría en la más profunda tristeza. Sin embargo, se sorprendía de la naturalidad con la que la había tomado, parecía que ya conocía lo que le esperaba, y su alma ahora transitaba por las aguas para las que se había preparado.
Al salir del edificio sintió la humedad en el ambiente, por un segundo pensó que se enfermaría, “qué importa ahora la salud” se dijo mientras encendía un cigarrillo y se encaminaba hacia su casa.
Era tiempo de programar sus días, y sobre todo, iniciar lo que hacia tanto esperaba realizar, su reconciliación con la humanidad. Para esto, creía que antes, era preciso pagar a todos aquellos a los que debía. En un exceso de sentimentalismo, pensó buscar a Elena y agradecerle por todo lo que le enseñó, pero un agradecimiento no bastaba, era preciso realizar una acción grandiosa, digna de un dios, para poder estar, al menos, a la altura de ella. Esta idea lo rondó durante tres semanas, en las cuales alternaba almuerzos con gente cuya amistad, viéndolo desde su perspectiva actual, era totalmente prescindible en su vida; y visitas familiares que siempre terminaban por hacerlo sentir miserable.
Semanas después que recibió la noticia, mientras tomaba su siesta vespertina, despertó repentinamente y se percató que transpiraba y sus articulaciones se adormecían. Lo más probable era que fueran síntomas normales de su enfermedad, y de no haber sido por una presencia en su habitación, hubiera vuelto a dormirse.
A un paso de la ventana de su habitación notó a una mujer sumamente hermosa, sin duda la más hermosa que haya visto, pero que a la vez, como sucede la más de las veces, indescriptible. Superado su asombro inicial, y animado por una sonrisa cómplice, le preguntó qué podía hacer por ella. Siempre iniciaba así sus conversaciones con mujeres desconocidas, era una frase que le hacía sentirse superior a ellas, a pesar de que era consciente de que nunca estuvo en una posición de superioridad respecto a alguna. Volviendo al inesperado encuentro, y ante el silencio que obtuvo como respuesta a su pregunta, prefirió cerrar los ojos e intentar dormir, ya que, no sin justa razón, supuso que no era más que un sueño.
Cuando reabrió los ojos, vio que la mujer estaba sentada a su lado mirándolo, si bien no con amor, con algo que parecía aprecio, o mejor dicho, interés. Con una voz seductora, pero que no tenía efecto erótico sobre él, inició la conversación, dejando en claro que lo sabía todo, y, que incluso, conocía su plan de reconciliación. Estaba aturdido por la presencia de una mujer en su habitación, pero sobre todo, por la sabiduría que de ella parecía emanar.
Durante una hora ella reflexionó respecto a la vida de él luego de conocida la noticia, siendo que hacia el final de su monólogo retomó la reconciliación, y sobre todo, el acto grandioso que tendría que realizar para satisfacer a Elena.
Todo era muy extraño, el conocimiento que la mujer tenía, no sólo respecto a él y su vida, si no también lo que sabía de Elena. Ella le recordó muchas escenas de su relación, muchas incluso que ni él mismo recordaba, pero que al ser mencionadas en boca de esa mujer enigmática, parecían hechos concatenados premeditadamente con el fin de demostrarle algo hasta ahora desconocido.
Elena, sin ser una mujer muy hermosa, irradiaba un encanto que la diferenciaba de todas las que hasta ahora había conocido. De haber sido por él, nunca se hubiera relacionado con una mujer de su tipo, que lo por lo demás, lo intimidaban hasta el punto de hacerlo huir y ampararse en aquellas que aparecían vulnerables.
Siempre le llamó la atención la falta de satisfacción de Elena, más que nada, en aquello que dependiendo únicamente de ella, le atribuía su fracaso a los demás. En esto, había alguien que, sin ser ella creyente, era el culpable de lo malo en el mundo.
Al principio creía que su odio a Dios tenía que ver con una vida desdichada, pero conforme la fue conociendo se dio cuenta que no tenía todo en su contra, y más aún, contaba con oportunidades que otros no tenían, pero que una y otra vez eran desaprovechadas a causa de su desidia. De su relación con Elena ya transcurrió mucho tiempo, lo que le permite darse cuenta que no era más que una excusa para una personalidad destinada al fracaso.
A pesar que ya había podido entender a la Elena que conoció, le resultaba atractiva la tragedia que de su pensamiento brotaba. La conversación que había mantenida con la misteriosa mujer lo convenció que para agradecer a Elena debía congraciar su desgracia con la de ella, es así que tomó su odio a Dios como el suyo propio, e inició la preparación de un plan con ese propósito.
Al principio se le ocurrió atentar contra la suprema creación del hombre, pero le contuvo el hecho que a ojos de los demás no pasaría de ser un asesino común o un lunático, y que la gran proeza por la que esperó toda una vida se perdería entre páginas policiales.
Sus conversaciones con la misteriosa belleza eran cada vez más frecuentes, y sabiendo ya el papel que le correspondía jugar a ella, no tenía reparos en contarle su planes, e incluso solicitarle un consejo, ya que, no sin razón, quién conoce mejor a Dios que el Diablo mismo. Ella le escuchaba con atención, le mostraba su disconformidad con algunas ideas, y lo alentaba en otras.
Sentía que ya llegaba el momento de la agonía, y se espantó al ver que no había podido ejecutar su plan. La cuestión siempre era la misma ¿cómo vencer a Dios? Ni siquiera en las conversaciones con ella había podido idear un plan coherente y posible.
Estaba sumido en la más profunda tristeza cuando, como otras tantas veces, ella se apareció, tenía un cuchillo en la mano, el cual dejo en la cama, y lentamente se alejó a la ventana del cuarto, como la primera vez que se presentó.
La desesperación ya se había apoderado de él, que tomando el cuchillo se acercó a ella, le acarició el cabello y atrajo su cabeza a su vientre, ella alzó la cabeza y a su mirada cómplice le siguió un movimiento mecánico que hundió el metal en su piel, que se cubrió de un líquido negruzco, que contrastaba con su piel pálida.
Luego de unos minutos, se percató que sensorialmente ya nada podía sentir. Lo único que lo hacía percibir su propia existencia era la tristeza, una tristeza que se convirtió en satisfacción, se embriagó de autocomplacencia hasta que su pensamiento desapareció, y de él, ya no escuchó más que ecos apagados en la silenciosa noche que mató a Dios. (Esteban)
Al salir del edificio sintió la humedad en el ambiente, por un segundo pensó que se enfermaría, “qué importa ahora la salud” se dijo mientras encendía un cigarrillo y se encaminaba hacia su casa.
Era tiempo de programar sus días, y sobre todo, iniciar lo que hacia tanto esperaba realizar, su reconciliación con la humanidad. Para esto, creía que antes, era preciso pagar a todos aquellos a los que debía. En un exceso de sentimentalismo, pensó buscar a Elena y agradecerle por todo lo que le enseñó, pero un agradecimiento no bastaba, era preciso realizar una acción grandiosa, digna de un dios, para poder estar, al menos, a la altura de ella. Esta idea lo rondó durante tres semanas, en las cuales alternaba almuerzos con gente cuya amistad, viéndolo desde su perspectiva actual, era totalmente prescindible en su vida; y visitas familiares que siempre terminaban por hacerlo sentir miserable.
Semanas después que recibió la noticia, mientras tomaba su siesta vespertina, despertó repentinamente y se percató que transpiraba y sus articulaciones se adormecían. Lo más probable era que fueran síntomas normales de su enfermedad, y de no haber sido por una presencia en su habitación, hubiera vuelto a dormirse.
A un paso de la ventana de su habitación notó a una mujer sumamente hermosa, sin duda la más hermosa que haya visto, pero que a la vez, como sucede la más de las veces, indescriptible. Superado su asombro inicial, y animado por una sonrisa cómplice, le preguntó qué podía hacer por ella. Siempre iniciaba así sus conversaciones con mujeres desconocidas, era una frase que le hacía sentirse superior a ellas, a pesar de que era consciente de que nunca estuvo en una posición de superioridad respecto a alguna. Volviendo al inesperado encuentro, y ante el silencio que obtuvo como respuesta a su pregunta, prefirió cerrar los ojos e intentar dormir, ya que, no sin justa razón, supuso que no era más que un sueño.
Cuando reabrió los ojos, vio que la mujer estaba sentada a su lado mirándolo, si bien no con amor, con algo que parecía aprecio, o mejor dicho, interés. Con una voz seductora, pero que no tenía efecto erótico sobre él, inició la conversación, dejando en claro que lo sabía todo, y, que incluso, conocía su plan de reconciliación. Estaba aturdido por la presencia de una mujer en su habitación, pero sobre todo, por la sabiduría que de ella parecía emanar.
Durante una hora ella reflexionó respecto a la vida de él luego de conocida la noticia, siendo que hacia el final de su monólogo retomó la reconciliación, y sobre todo, el acto grandioso que tendría que realizar para satisfacer a Elena.
Todo era muy extraño, el conocimiento que la mujer tenía, no sólo respecto a él y su vida, si no también lo que sabía de Elena. Ella le recordó muchas escenas de su relación, muchas incluso que ni él mismo recordaba, pero que al ser mencionadas en boca de esa mujer enigmática, parecían hechos concatenados premeditadamente con el fin de demostrarle algo hasta ahora desconocido.
Elena, sin ser una mujer muy hermosa, irradiaba un encanto que la diferenciaba de todas las que hasta ahora había conocido. De haber sido por él, nunca se hubiera relacionado con una mujer de su tipo, que lo por lo demás, lo intimidaban hasta el punto de hacerlo huir y ampararse en aquellas que aparecían vulnerables.
Siempre le llamó la atención la falta de satisfacción de Elena, más que nada, en aquello que dependiendo únicamente de ella, le atribuía su fracaso a los demás. En esto, había alguien que, sin ser ella creyente, era el culpable de lo malo en el mundo.
Al principio creía que su odio a Dios tenía que ver con una vida desdichada, pero conforme la fue conociendo se dio cuenta que no tenía todo en su contra, y más aún, contaba con oportunidades que otros no tenían, pero que una y otra vez eran desaprovechadas a causa de su desidia. De su relación con Elena ya transcurrió mucho tiempo, lo que le permite darse cuenta que no era más que una excusa para una personalidad destinada al fracaso.
A pesar que ya había podido entender a la Elena que conoció, le resultaba atractiva la tragedia que de su pensamiento brotaba. La conversación que había mantenida con la misteriosa mujer lo convenció que para agradecer a Elena debía congraciar su desgracia con la de ella, es así que tomó su odio a Dios como el suyo propio, e inició la preparación de un plan con ese propósito.
Al principio se le ocurrió atentar contra la suprema creación del hombre, pero le contuvo el hecho que a ojos de los demás no pasaría de ser un asesino común o un lunático, y que la gran proeza por la que esperó toda una vida se perdería entre páginas policiales.
Sus conversaciones con la misteriosa belleza eran cada vez más frecuentes, y sabiendo ya el papel que le correspondía jugar a ella, no tenía reparos en contarle su planes, e incluso solicitarle un consejo, ya que, no sin razón, quién conoce mejor a Dios que el Diablo mismo. Ella le escuchaba con atención, le mostraba su disconformidad con algunas ideas, y lo alentaba en otras.
Sentía que ya llegaba el momento de la agonía, y se espantó al ver que no había podido ejecutar su plan. La cuestión siempre era la misma ¿cómo vencer a Dios? Ni siquiera en las conversaciones con ella había podido idear un plan coherente y posible.
Estaba sumido en la más profunda tristeza cuando, como otras tantas veces, ella se apareció, tenía un cuchillo en la mano, el cual dejo en la cama, y lentamente se alejó a la ventana del cuarto, como la primera vez que se presentó.
La desesperación ya se había apoderado de él, que tomando el cuchillo se acercó a ella, le acarició el cabello y atrajo su cabeza a su vientre, ella alzó la cabeza y a su mirada cómplice le siguió un movimiento mecánico que hundió el metal en su piel, que se cubrió de un líquido negruzco, que contrastaba con su piel pálida.
Luego de unos minutos, se percató que sensorialmente ya nada podía sentir. Lo único que lo hacía percibir su propia existencia era la tristeza, una tristeza que se convirtió en satisfacción, se embriagó de autocomplacencia hasta que su pensamiento desapareció, y de él, ya no escuchó más que ecos apagados en la silenciosa noche que mató a Dios. (Esteban)
