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El Retrato (Cuento Ganador del I Premio Gorila de Literatura)

Harold Cóndor (Autor)
Cuando Alonso Devoto volteó el recodo que conducía a la puerta principal del hospital pensó haber vivido una experiencia semejante. Irritado, habría seguido de frente como otras veces, sino fuera porque esta vez sus prejuicios cedieron ante un instinto inexplicable. Hacía tiempo que había olvidado por razones prácticas la enfermedad de su madre, la amaba pero de una manera amable pagando sus cuentas y enviándole regalos. Aquella tarde, sin embargo, una llamada del médico lo había plantado allí, entre las paredes yuxtapuestas y los premeditados motivos religiosos del sanatorio. Sentimental imaginaba su reunión con ella. En la habitación lo esperaban unas pocas personas agrupadas alrededor de la cama, un par de casi olvidados conocidos le dieron la bienvenida. Las miradas cómplices parecían exigirle un papel protagónico. Se acercó y le tomó las manos amontonadas junto a unos rosarios. Unas palabras al oído y un beso fueron la señal de la despedida.
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Afuera todavía era de día, las hojas secas agraviadas por el viento y la bruma de otoño se arremolinaban cerca de las cabezas causando un revoltijo entre los transeúntes. Conminado por el frío caminaba con la cabeza hundida en el pecho. Le angustiaba la idea de encontrarse con alguien, siempre sentía miradas a sus espaldas. Debí llorar- pensó- no me hubiera costado mucho hacerlo frente a todos. En aquel momento recordó las palabras del médico: “la muerte cerebral aconteció pasada la medianoche. Debe estar tranquilo se fue como una santa, sin quejas ni hemorragias”. Al principio estas palabras duras engendraron en él un sentimiento de desdicha, pero como fuera quedándose absorto en su dolor nunca parió lágrimas. Era de noche cuando le despertó el timbre del teléfono. En medio de la oscuridad del dormitorio contestó. Casi no recordaba nada de lo que le había predispuesto en aquel sueño profundo. ¿Sabes quién soy?- preguntó una mujer. ¿Quién eres?- replicó Devoto. Durante unos segundos nadie contestó, luego el ruido ensordecedor de fiesta y las promesas de enamorados se fueron diluyendo. ¿Quién está alli?- insistió. Silencio. ¿Eres tu mamá?- dijo involuntariamente. Su rostro lleno de lágrimas se deslizó como un viejo recuerdo por la habitación. Colgó con un golpe. Luego se arrepintió. Esa noche se celebraba el aniversario de la compañía, aquel ruido y la voz de una mujer le persuadieron de que ella lo había llamado.
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Sus ojos se abrieron a la bombilla ardiente del baño. Mientras se restregaba en la ducha no entendía el ritual de dejar correr el agua sobre su cuerpo. Atribuyó aquel sinsentido a su cansancio. En el espejo del lavabo, se inspeccionaba con detenimiento los duros pliegues que nacían a ambos lados del paladar y el lunar pegado a una de las aletas de la nariz. Nada le parecía familiar en aquel reflejo. Pensó en su madre rodeada de aquel concierto de espejos desconocidos reproduciendo su calamidad.
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Para cuando llegó al restaurante, el lugar estaba repleto. Desubicado, vio entre las mesas y encontró en las del centro una silla desocupada. Fue a sentarse junto a una señora de mediana edad que le dio la bienvenida con un guiño. A su alrededor los vecinos comentaban. Escuchó a uno ufanarse de los placeres de su secretaria y a otro más sofisticado decir que ellas llegan hasta donde las dejan. Su vecina echó una carcajada que la jaló hacia atrás donde estaba Devoto. Aquella espalda sinuosa más la mezcla de vino y sangría le habían estimulado tanto que tenía abultada la pernera del pantalón. Cuando la mano de la mujer buscó donde asirse encontró un falo duro que la hizo batirse en retirada sobre el mantel cubierto del malbec. Una marea roja se esparció por la línea del busto de la señora. Las miradas cómplices buscaron alguna explicación, sólo uno dijo con malicia: “nuestro socio ha mojado a la doctora”.
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Devoto escuchó que decían su nombre. Ebrio no entendía por qué le hacían señas del otro lado del restaurante. Allí vio a Susan y otros conocidos del estudio que habían escuchado el eco apurado de una copa partida y visto el descenso de unos glúteos a rebosar. Pero él estaba solo sin conocer a nadie porque seguramente aquellas serían las mesas de los inversionistas. Se levantó débil recogiendo todas las miradas. De nuevo aquellos espejos que importunan el alma-pensó. Rodeó los meandros de las mesas que formaban unos codos y escuchó fragmentos de conversaciones donde se hablaba de él. No había cruzado la mitad de la sala cuando sintió que lo jalaban del brazo, arrebatado luchó por soltarse y resbaló. En un segundo las lámparas estándar de sus ojos se apagaron.
Todo era monocromático. Un sol ardiente velado por un cono de sombra caía sobre él. Es la segunda vez después de dieciocho años, le avisaré a mamá o se quedara dormida-pensaba- mientras su cuerpo pugnaba por desasirse. En su cabeza alguien dijo eclipse en el preciso instante que un puño enguantado le hizo besar la superficie del piso.
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-La nariz está en su lugar- dijo el médico.
-Ha estado sangrando desde que lo traje- respondió ella.
-Y su madre como sigue- preguntó. Un colega me ha comentado que sufrió un nuevo derrame.
-No le puedo decir, él tampoco habla mucho. En la oficina no sabíamos que ella estaba mal hasta esta mañana que llamaron del hospital.
-Yo tampoco me he enterado por él. He sido amigo de la familia antes de que Alonso naciera. Es un poco como su padre...Pero cómo tiene usted mi teléfono. Es usted su mujer-preguntó el hombre perspicaz.
-Es un amigo del trabajo y su número lo encontré en su billetera. Así que su padre- decía la mujer en voz baja- mientras acompañaba al médico a la puerta.
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En el momento que oyó la voz de una mujer se sintió aliviado. Seguro que mamá estaría en casa, pensaba Devoto, sin abrir los ojos. Le pesaba la cabeza y le zumbaban los oídos. El golpe le había puesto sensible a los ruidos, podía oir incluso el paso rápido de una cucaracha. Escuchó el susurro de una voz suplicante en el teléfono: “espérame, ya salgo”-decía. Tuvo la sensación de estar anticipándose a un evento conocido. Según su costumbre rompería la cadena de sucesos con un hecho inesperado. Recordó la extraña llamada que había recibido en su casa. No se equivocaba, aquella voz era de Susan, la secretaria ejecutiva del estudio. Este era su departamento, pero con quién hablaba y por qué no había respondido a su invitación. Alguien llamó a la puerta con insistencia. La mujer colgó el teléfono y con el paso apresurado que blandía los pliegues de su falda abrió sin herir el cerrojo.Eres una puta- injurió una voz. La mujer con el gesto hacía ruegos de silencio. Qué mierda te crees, por mi eres la secretaria del presidente y te vas con ese cojudo- reclamaba el hombre irritado. Lo he visto yo mismo, el tipo estaba en mi mesa agarrándole el culo a mi prima. Devoto lo había escuchado todo, ahora recordaba aquella paliza que recibiera dentro y fuera del restaurante. En el taxi Susan lo había llevado recostado a su departamento. Él había llorado y ella le regaló un beso.
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Es más de medianoche, pensó Devoto mientras bajaba por una avenida larga. Recordó los agrios reproches que el señor Hugo Miroquesada Rizo-Patrón- condecorado con la Gran Cruz del Congreso de la Republica, Gran Cruz de la "Orden Peruana de la Justicia”, autor de un libro de Tauromaquia, socio honorario del Club Regatas, y desde luego buen esposo y mejor padre- había hecho a una sencilla asistente, hija de un barrio limeño de clase media. Aquel recuerdo cedió a la imagen perversa de su rostro enmarcado en el espejo del baño. El contraste con las toallas y la bisutería femenina precipitaban aun más su imaginación. Su rostro de párpados lívidos con la boca aplastada y la cabeza sin pabellones externos le recordaron la idea de un sapo. Enfurecido rompió de un golpe el espejo. Pensaba en la abominable forma cuando se percató que había caminado varias horas sin ningún rumbo. Quiso llamar un taxi pero no encontró su billetera. Mierda- dijo en voz alta- llamaré a casa para que mamá pague. No encontró a nadie. Sintió que le temblaban las piernas, buscó en los basurales unos cuantos folios de papel periódico y se echó a dormir en una banca.
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Una nube se acercaba. Eres un inútil escuchó gritar a su madre detrás de la puerta. Afuera estaba lloviendo, qué placer sentía frente a la estufa y con las manos sobre sus celdas. Sacaba cuentas con sus dedos. En 1990 cumpliré 18 años- pensaba satisfecho. Echado en su cama, miraba sobre su cabecera aquel retrato que lo acompañaba. Instintivamente volteó los ojos al fuego y a las nubes que se formaban en las ventanas. Alguien jaló del picaporte de la puerta. Era su madre con la mitad del cuaderno en una mano y las hojas arrancadas en la otra. La nube reventó en el panel de cristales. El retrato estaba húmedo de lágrimas. Devoto rodaba inútilmente. Se despertó rodando sobre los jardines húmedos de un parque. Vio sus manos tiznadas del papel periódico. Caminó por la avenida que hubiera conocido hacía menos de 24 horas antes. Disfrutaba del anonimato que le prestaba la noche y las palomas presagiando la destrucción del universo. Llegó a la recepción del hospital en medio de sombras, vio tendido un hombre de uniforme, cruzó los pasadizos sin ninguna precaución hasta el piso de cuidados intensivos. Aquellos espejos terribles duermen a esta hora- dijo con resentimiento-. Encontró a su madre conectada al ventilador. Se sentó al costado de la muerta y allí se quedó pensando hasta que amaneció.
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Devoto volvió a casa después de mediodía. El cerrojo estaba roto y la puerta semiabierta. Se persuadió de que se trataba de un robo, pero ni bien se asomó vio que un hombre apuntaba con el dedo índice en varias direcciones. Otro apareció por detrás. Este lo reconoció por la foto colgada en la pared. Es usted el señor Devoto-preguntó. Su porte alto y desgarbado, con la mano derecha a un costado del cinto le obligaron a responder. Soy Alonso Devoto- dijo y añadió que era la casa de su madre. El más pequeño y desconfiado se animó a preguntar por la noche anterior. Pero antes de que pudiera responder, le puso al tanto de que habían estado con otras personas. Le preguntó si recién llegaba de la fiesta. En ese momento, Devoto pensó que no tenía otra alternativa que confesar. Contestó que había estado con su madre en el cuarto de hospital. El hombre lo interrumpió de nuevo, mostrándole una billetera. Hemos encontrado esta billetera en el cuarto de la señorita Susan B- dijo.
Devoto escuchó con terror ese nombre, vio cómo los pingues dedos del enano parecían disfrutar de la superficie lisa del cuero. He amanecido con mi madre muerta- repitió automáticamente. Se miraron los hombres sorprendidos y con una mirada de conmiseración se le informó que habían encontrado muerta a la mujer. Todo hacía presumir-siguió diciendo el hombrecito- que su amante la había matado por celos. Ellos recogieron la denuncia de un vecino quien aseguraba que un hombre con la descripción del señor Miroquesada había golpeado a la mujer. El hombre grande le tocó el hombro y le preguntó sobre aquel comentario en la empresa, acerca de que la mujer tenía amoríos con él y con un socio importante: “Ayúdenos a cagarlo al huevón”- dijo en un tono violento- ya los diarios han hecho su trabajo”. Devoto consternado no respondió, pensaba en Susan y en su desgraciada suerte que la había conducido hasta las frías losas del baño. El ruido que salió de allí casi la había hecho desfallecer. Ella lo levantó y le buscó febrilmente sus manos acogolladas de cristales y de sangre. Lo negaría todo se obstinó en pensar Devoto. Sintió aquella opresión en el vientre. Un ruego. Se llevaron a la niña- susurró doloroso. Los sentidos emergentes de la mujer dieron cuenta del osario de las amebas y las hemorragias internas. Ella se estaba quedando sola. Sintió cosquillas en sus piernas y mariposas sobre su seno lánguido. Escuchó una vez más la pregunta del médico: ¿Es usted su mujer?. El ganó y ella se había quedado vacía. Devoto se detuvo, no quiso seguir viendo. Su mente se contrajo y oteó el pequeño mundo que giraba a su alrededor. Divisó la mesa donde se amontonaban sus recuerdos, encontró encima el retrato que lo había acompañado desde niño y que nunca había olvidado. Se vio en aquel espejo al tiempo que recordaba las celdas calientes de la estufa y a su madre con el rostro encendido. Su propio rostro se había convertido en una nube sentada sobre un gran tallo de carne.Sólo entonces lloró con la prolijidad del niño retratado. Cuando olvidó el motivo de su llanto, confesó que él la había matado. (Harold Condor)

Elecciones en el Infierno (Cuento participante del I Premio Gorila de Literatura)




El autor decidió no publicar su cuento.

El Hermano (Cuento participante del I Premio Gorila de Literatura)

Después de pensarlo por largo tiempo he decidido expiar algunas culpas, entre ellas está el recuerdo de mi hermano Alcibíades. Siempre lo consideré un hermano mayor aunque no lo fuera exactamente, de su vida solo esta mi testimonio, los otros: sus amigos o mi familia nunca llegaron a saber la verdad. Tal vez yo tampoco la sepa del todo, simplemente su vida fueron eventos desafortunados que se dieron por un impulso de supervivencia. Puedo dar fe de ello.Alcibíades nació con una enfermedad congénita que la arrastro toda su vida, mi mamá no hablaba de eso, simplemente decía que era por sus nervios, pero yo sabía lo que le sucedía. Era una punzada fuerte en el estómago que le molestaba de vez en cuando, algo crónico, pero que él aprendió a tolerar.
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Desde muy pequeño era tímido, no jugaba con sus amigos y menos hablaba con los demás, para mí su vida era algo inconclusa. Era demasiado pusilánime con el resto y su compañía la hallaba en su cuarto, en juguetes y libros. Siempre creí que esa actitud se debía a la enfermedad que ignoraba. La tristeza le impidió llevar con soltura y seguridad la adolescencia y puedo afirmar que sin mí, tal vez nunca hubiera recibido su primer beso, su primera declaración de amor o si quiera su primer trabajo. De alguna manera me sentía partícipe de sus acciones y reflexiones.Sé que me ignoraba, no me daba importancia, su soledad le daba poco tiempo para los otros y hasta para si mismo. A mí esa actitud me era indiferente, yo sabía sacar provecho de la situación y el que no se percatara de mi presencia me permitía ayudarle y ayudarme a mi mismo.Cuando Alcibíades cumplió los veinte años sintió algo extraño en su vida, se dio cuenta que lo vivido no tenía demasiada explicación.
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Por ese entonces, él estudiaba en la universidad y comenzó a escribir su diario, creo que había leído los diarios de Amiel y de Charles Du Bos, en los que se pasaba madrugadas revisando página por página. Esas lecturas le motivaron a escribir sobre su vida, es así que el percibió detalles de su pasado que antes no había observado ni pensado, como el aprobar exámenes sin estudiar o citarse con una chica sin haberla invitado antes, recibir agradecimientos sin dar nada a cambio, tener el aprecio de gente con las que ni siquiera intercambió miradas, etc. En su indiferencia todo lo vio normal hasta que decidió escribir sus recuerdos donde todo se volvió confuso para él. Sentía como si una parte de su vida simplemente no la vivió.
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Pero el incidente que más lo ofuscó y sorprendió fue cuando se propuso escribir su primera novela, una historia sobre la forma en la que él sentía que había vivido su vida: Una interrumpida sucesión de hechos que pocas veces concatenaban. Una noche él se sentó en su máquina de escribir, momentos después, se aburrió y se durmió. A la mañana se percató que había “escrito” casi una pagina entera, eso lo sorprendió mucho, pues no recordaba haberla hecho, preguntó a su madre si se había puesto a escribir en su maquina pero ella lo negó.El leyó lo escrito observando cada oración con detenimiento como si tratara de encontrar alguna familiaridad en los pasajes escritos, entendía que era la misma historia que quería escribir pero no recordaba haberla redactado de esa forma. Pensó que era sonambulismo, pero luego lo olvidó.
Unas semanas después, en la madrugada, decidió continuar con la novela, leyó la historia que él pensaba no haber escrito y se propuso continuarla, pero después de escribir un párrafo volvió a dormirse.
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Al día siguiente, al abrir sus ojos, vio sobre el escritorio, seis hojas escritas por ambos lados, quedó estupefacto. Intentó recordar lo sucedido la noche anterior pero no pudo. Esto lo asustó, leyó las páginas y seguía siendo su tema pero no era como él lo habría escrito, hasta tenía referencias bibliográficas de textos que poseía pero que nunca leyó.Alcibíades, presentía algo extraño, sobre todo porque su vida nunca fue anormal, muy racional para estar pensando en algún tipo de fenómeno paranormal, eso es seguro, mi hermano jamás creyó en algo que no esté más allá de sus narices. Es así que algunas noches se escondía en las madrugadas para saber quién escribía por él y otras veces le decía a mi madre que se iba a la universidad sin embargo, él se subía por la ventana y se quedaba debajo de la cama espiando a ver si alguien entraba a su cuarto y escribía en su máquina.Nada pasó, estuvo así un mes y nadie se apareció y él tampoco quiso continuar con su novela por temor a que sucediera lo mismo.
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Por ese entonces, también ocurrieron otros hechos que lo desconcertaron aún más; su ropa se ensuciaba sin usarla, tenía menos dinero de lo habitual en su billetera, lo saludaban en la universidad personas que no conocía. Casi se vuelve loco el pobre Alcibíades, si antes era una individuo solitario ahora era uno social a la fuerza y de manera inexplicable. No se atrevía a acercarse a las personas que le saludaban y preguntarles porqué tanta familiaridad con él. Mi hermano vivía un momento difícil y no quería decir nada por miedo a que pensaran que su soledad lo estaba llevando finalmente a la locura.
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Un día leyendo su cuaderno de apuntes universitarios pudo ver una inscripción que decía: “reunión mañana en la cafetería de la panadería a las ocho y media”, era su letra pero no recordaba haberlo escrito y … ¿con quién se reuniría tan tarde?, sabía del lugar pero le daba angustia saber con quién se encontraría.Decidió ir pero para observar detrás de algún lugar y ver de quién se trataba. Al llegar vio a una muchacha parada en la puerta que no entraba al local, eran las ocho y media y ella impaciente miraba su reloj, era delgada con cabellos negros bien cuidados, muy bonita, detalle por el que le dio más temor acercarse a ella y preguntarle porqué se habían citado. Él espero 20 minutos escondido y nadie más se apareció, luego ella se fue algo enfadada.Alcibíades regresó a su casa ansioso por saber más de ella, de enterarse cómo la conoció y ver la posibilidad de acercarse en otro momento. Eso sucedió unas semanas después, pero como inseguro que era simplemente se le acercó y la saludó e iniciaron una relación amical muy cercana, sin preguntar nada sobre el pasado.
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No negaré que eso me puso incómodo y les diré porqué.A estas alturas de mi testimonio tengo que hablar de mi, no por protagonismo sino por necesidad. Yo era su hermano y veía todo lo que él hacia sin percatarse de mi presencia, Alcibíades me ignoraba y sin embargo era yo partícipe de su vida.Cuando nació mi hermano, nací yo también, éramos gemelos, pero nadie se dio cuenta de eso, simplemente estaba ahí pero no se percataron de mi nacimiento y era comprensible porque no me podían ver, ya que yo estaba dentro de él, me había formado en sus entrañas. Era más pequeño y me encontraba enclaustrado entre sus vísceras. Sólo los médicos advirtieron de mí cuando le hicieron una radiografía a los cinco años, cuando él comenzó a presentar los primeros dolores estomacales. El médico le dijo a mi madre: “Señora, su hijo tiene un pequeño hermano en el vientre y está vivo, comparten el corazón y un riñón pero cada uno tiene su propio cerebro”. Es decir, estaba encadenado a él y no me podían extirpar. Los doctores recomendaron que no se lo dijera a Alcibíades y que llevara su vida con tranquilidad y con el tiempo se acostumbrara a mi presencia.
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Los dolores del vientre eran producto de la presión que yo le originaba en sus intestinos y debía tomar unos analgésicos de por vida.Así fue la vida con mi hermano, nuestros esfuerzos por caminar, abrazar a mamá, ir al colegio, recibir nuestras primeras palizas, jugar hasta el cansancio pero siempre a él como intermediario. Casi siempre estaba en desacuerdo con él. En otras palabras mi hermano era un poco lento para hacer una vida divertida y feliz, su melancolía lo llevaba al tedio y a la tristeza, una incapacidad innata de hacer de su vida algo placentero.
Cuando tuvo 16 años decidí ayudarlo, de alguna manera lo obligaba a conversar con amigos, a leer libros, a salir con algunas amigas, a estudiar. Intentaba que su existencia sea saludable y también para mí, ya que me encontraba encerrado en una personalidad dubitativa y medrosa. Es así que por años intenté darle un impulso que no poseía: logré salir a fiestas, tener nuestra primera relación sexual, emborrachamos, obtener el primer trabajo y ayudar a mamá a pagar algunas cuentas, todo nos iba bien.Un día mi hermano no se quiso levantar, los dolores del estomago se agudizaron y lo llevaron al hospital, mi madre le preguntó al médico qué le sucedía a Alcibíades. El doctor le dijo que debía tomar medicamentos más fuertes porque la inflamación se había incrementado y eso significaba más inyecciones y potentes analgésicos. Ese tratamiento deprimió a Alcibíades, toda su vida pasada la dejó, no frecuentó más a sus amigos del barrio y se encerró en su habitación. Lo mejor que hizo fue ingresar a la universidad y no más. Regresaba de clases y en silencio se metía en su dormitorio. Yo ya no podía persuadirlo, él no me escuchaba ni quería hacer nada, después de casi 20 años dentro, me sentí prisionero en una carceleta de líquido y vísceras. Fue en ese momento que decidí actuar.
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Alcibíades producto de su depresión dormía mucho, los analgésicos eran muy fuertes y lo obligaban a tomar largas siestas en las tardes y dormir temprano por las noches. Entonces, por primera vez, quise vivir por mi propia cuenta, sin un intermediario. Una noche en que se quedó dormido frente a su maquina de escribir, pude abrir sus ojos y con esfuerzo moví los dedos y continué su historia tal como yo la había concebido en su mente, todas las noches me levantaba a leer por horas los libros que tenía en su habitación: me bañaba, me masturbaba, me iba a la cocina a comer y un sin fin de cosas. Realmente me agradó ser dueño de mis decisiones. Poco a poco me acostumbré a vivir furtivamente en el cuerpo de mi hermano. Hasta que me atreví a más, a salir y ver la calle con mis propios ojos y explorar lo que la naturaleza me había negado. Así conocí gente, conversaba en las noches con diferentes personas que me encontraba en los bares, paseaba en algún malecón por las madrugadas y finalmente regresaba a dormir antes que mi hermano se despertara en medio de la calle.
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Pasé buen tiempo con esta rutina y luego quise conocer la universidad de Alcibíades. Por las tardes mi hermano sentía el cansancio de mis caminatas nocturnas y se quedaba dormido en la biblioteca, es ahí donde aprovechaba para dar una vuelta y conocer más personas, preguntaba cualquier cosa, lo que deseaba era conversar y ver como eran los demás. Así velozmente hice una vida social a expensas de la fatiga de mi hermano. En las tardes que regresaba y se quedaba a dormir, aprovechaba para escaparme de la casa sin que mi madre me viera y regresaba a la universidad a conversar con mis nuevos amigos. Eran contradictorios mis sentimientos, pues era tener una vida propia producto del padecimiento de mi hermano. Pasó los meses y conocí a Laura, una compañera de la universidad que Alcibíades jamás le hubiese dirigido la palabra por su extraña timidez, ella era una mujer muy amable, menuda, delgada y atractiva, ojos grandes que siempre me miraban con interés y ternura, sí, no voy a negarlo, me enamoré. Todo el tiempo que mi hermano estaba dormido yo iba a buscarla, abandoné mi fase exploradora por andar con ella el tiempo que me fuese posible, me distraje tanto que no me percataba de las pistas que dejaba entre las pertenencias de Alcibíades: ropa sucia, anotaciones en su cuaderno, gastos excesivos, es decir estaba perdiendo la noción de quién era yo.
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Debido a ese descuido mi hermano comenzó a sospechar que algo extraño ocurría, ya no dormía tanto, se mantenía despierto por más tiempo, en las tardes descansaba una o dos horas que con las justas me alcanzaban para ir por un teléfono y decirle a Laura que no iba a llegar a alguna cita pactada. Sólo tenía las noches para mí pero Laura vivía muy lejos como para visitarla.Alcibíades se puso más listo y comenzó a indagar en esa vida paralela que me pertenecía y un error mío lo llevó donde Laura, un encuentro mal planificado y se conocieron, se llevaron bien y se enamoraron. Alcibíades frecuentó los amigos que yo le había conseguido dejándome nuevamente dentro de su cuerpo sin ninguna ingerencia en su vida, apropiándose de lo que me costó obtener. No negaré que sentí celos de mi hermano, él ahora poseía una vida que no merecía, era mí vida y él se había adueñado de ella, me quitó a mis amigos y a Laura.
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Fue tan deprimente que me mantuve ausente de su vida aún cuando él dormía. Pasaron meses y los dolores de Alcibíades aumentaron, eran insoportables, los doctores le dijeron a mi madre que la enfermedad había empeorado, se estaban dañando sus intestinos y se podría producir una infección generalizada si se llegaba a lastimar el intestino grueso y esa situación podría causarle la muerte. Lamentablemente su enfermedad era casi incurable. Alcibíades tenía poco tiempo de vida y la única solución quirúrgica era cercenarme la cabeza o los pequeños brazos y piernas pero mantener mi corazón; sólo así sus intestinos no sufrirían demasiado pero la operación no era segura, Alcibíades podía morir.Mi madre no sabía que hacer, mi hermano no estaba enterado de nada y ella no quería decírselo, la operación era muy riesgosa y Alcibíades sufría mucho. Yo estaba muy asustado, la muerte de Alcibíades era también mi muerte y si sobrevivía era a costa mía. Pensé, que ahora que le entregué una vida a mi hermano, yo moriría y él se apropiaría de ella. No sabía que pensar ni sentir, los padecimientos de mi hermano no eran los míos, yo era pequeño pero estaba sano, el enfermo era él y yo debía morir por eso. Era injusto, no podía permitir que me mataran.
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Si no operaban a Alcibíades, él moriría y yo quedaría expuesto a ser devorado con vida por los gusanos dentro de algún féretro. No, eso era imposible, él estaba enfermo y yo no.Tuve que tomar una decisión, Alcibíades no me daba muchas opciones, en todas, yo era el perdedor pero tampoco él tenía muchas posibilidades de sobrevivir. Lo triste era cómo escapar de ese cuerpo enfermo que me estaba condenando a la muerte. No había otra cosa que matarlo antes que él muera conmigo. Y eso fue lo que hice. Una noche, en el hospital, lo desperté y sigilosamente nos escapamos, tomamos un taxi hasta un acantilado, me amarré una roca grande a los pies y nos lanzamos, nos fuimos hasta el fondo del mar, sus pulmones se llenaron de agua y finalmente se ahogó. Creo que no se dio cuenta de su muerte, estaba dormido y dolor no sintió.
¿Cuál fue mi plan? esperar que su cuerpo de descompusiera así me alimente de las vísceras que tanto lo matirizaron y devoré cuanto pude para poder salir de esa prisión. Luego de un tiempo observé un orificio en su vientre carcomido por los peces por el que entraba algo de agua, con esfuerzo pude salir del cuerpo, nadé hacia la orilla de la playa, mire al cielo y era de madrugada, estaba desnudo y me puse una tela que encontré sobre unas rocas para cubrirme del frío. Caminé por la descampada playa, desconcertado observé mi reflejo en una lamina de aluminio vetusta y abollada, vi a una criatura extraña, me acerque y pude identificar entre el reflejo difuso un enano, sí, yo era ese enano.
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Siempre lo supe, jamás pude crecer más, eso fue lo que me pudo dar el vientre de mi hermano muerto, tenía una existencia propia pero con un estigma de por vida.Jamás pude retomar mi pasada vida, yo era un extraño más, así que decidí comenzar nuevamente. Ahora, muchos años después, estos recuerdos vuelven cuando veo pasar a mi lado a otro enano, pues ellos me miran cómplices, melancólicos, como si compartiéramos un filicidio secreto que llevaremos hasta la muerte. (Julián Farkas)