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La Señal (Cuento Ganador del Segundo Premio Gorila de Cuento)

Julián Farkas (autor)
-¿Quiénes llegan?, preguntó el Alférez Atir, “quién llega” querrás decir, porque es uno no más -le corrigió el Capitán Admón.- en ese instante bajó de un vehículo militar un sujeto cargando en la espalda una mochila y en su hombro derecho un rifle Menator, de apariencia escuálida que no lucía como la de un oficial de reconocimiento, el solicitado por el Capitán a la Torre Guía, meses atrás. El vehículo que lo trajo se apresuró en retomar su camino y el nuevo soldado corrió hacia las trincheras donde se encontraban el Capitán y el Alférez. -¿Cómo está señor?, mi nombre es Lozano Mendes, observador de la Torre Guía de los Naroe - , se presentó el joven funcionario. –Ya me parecía extraño que nos mandaran refuerzos, hace tres años que estamos atrincherados en esta zona y lo único enviado son pocos alimentos y poca información- le respondió adusto y con mirada de decepción. – Capitán - lo interrumpió el Alférez, - nuestro amigo nos puede decir porqué es que nadie nos manda instrucciones o refuerzos de la Torre Guía- . -Es verdad-, dijo el Capitán, -¿Qué es lo que pasa por allá? nos dicen que mantengamos la posición y no hay indicaciones sobre la estrategia a usar, estamos esperando a que el ataque se realice y sin embargo nada sucede. De los treinta hombres a mi cargo, ocho han muerto por falta de asistencia y nadie nos dice nada- . Mendes lo miro fijamente y con voz parsimoniosa le indicó que en la base nada anda bien, que no pueden hacer comunicación con los cuatro fuertes asentados en ambos hemisferios, no responden a los llamados y no hay noticias de las tropas que se mandaron a la luna de Avisgrán. El Capitán, perplejo, le dijo, -entonces ¿qué hace usted aquí?, mejor se hubiera quedado en la Torre Guía, aquí corre demasiado peligro-…


La guerra ya había durado treinta años, eran varias las civilizaciones tomadas por los “ejércitos” de la constelación de Oprón. Hace tres años, los Oprón vencieron a los Tabanho, la civilización más próxima a los Naroe. La fuerzas de defensa de la Vía Láctea, la Trinchera – Observatorio, devinieron en el primer fortín del la civilización de los Naroe. Las trincheras ubicadas en el límite de su territorio, se convirtieron en el observatorio que indicara el avance de los Oprón. Lo desconcertante era el no conocer al enemigo, su aspecto, estrategia de ataque, ni las armas usadas por ellos. La falta de comunicación con las otras civilizaciones, por causas inexplicables, era el indicio de que estas habían sido vencidas. No había testigos ni fórmulas para derrotarlos, estaban vulnerables ante un enemigo invisible. El nombre de Oprón fue dado porque este fenómeno sucedió luego de la explosión de una supernova en la constelación que lleva ese nombre.

Los soldados enviados hacia la trinchera por la Torre Guía, hace tres años, se encontraban al mando del Capitán Admón, y su misión era prevenir el avance de los invasores. El Observatorio – Trinchera, estaba oculto y los altos mandos de los Naroe deseaban mantener una escasa comunicación con ellos por temor de prevenir a los Oprón. El movimiento de tropas haría demasiado evidente la posición del Observatorio. El traslado del rancho y pertrechos se realizaba esporádicamente obligando a que los mismos soldados se autoabastecieran de alimentos. El envío del observador Mendes, luego de varios meses, fue para que elaborara un informe sobre la tropa.

Mendes, comprendió que la situación era más grave de lo supuesto. Pues la angustia de un oficial de la trinchera, al no obtener noticias de los avances o características del enemigo, originaba que la tropa se desesperara por la incertidumbre. El Capitán Admón, no podía ocultar su preocupación, desde hace muchos meses solicitaba que le dejasen explorar el territorio y pedía constantemente permiso para movilizar sus tropas unos kilómetros más adelante. Al no obtener una respuesta afirmativa, le quedaban pocas alternativas para mitigar su preocupación.
Días después, el Capitán se acercó a Mendes y le preguntó temeroso: -Dígame usted realmente, ¿qué es lo que sucede?, ¿quiénes son esos Oprón?, ¿cómo vencieron a los Razúfer y a los Tabanho? Ellos poseían mayor ejército y armas más avanzadas que las nuestras, sin embargo todos ellos han sido vencidos o al menos eso parece. No entiendo, han destruido casi todos los sistemas de comunicación, nuestros satélites de reconocimiento están dejando de enviar señales, ¿cuál es la verdad, señor Mendes?-. –Mire-. Le respondió el Observador, - Yo no sé nada de eso, ya han pasado dos años y medio desde que se cortó el contacto con los Tabanho y de haber querido invadirnos los Oprón, ya lo hubieran hecho hace tiempo. Yo no entiendo, ni los de la Torre Guía tampoco. Los invasores no se han comunicado con nosotros, ya no usamos las radiofrecuencias de largo alcance, prácticamente están todas bloqueadas. A lo que he venido es a hacer un informe sobre la situación y a saber también porqué ustedes no envían información, pero eso ya lo entiendo, yo estaré pocas semanas- concluyó Mendes, le dio la espalda al Capitán y siguió con sus apuntes.

Mendes, comprendía la desesperación del Capitán. Los altos mandos nunca pensaron llegar a esta situación y nadie le informó a la tropa sobre el estado de la guerra, en apariencia terminada. La alerta era total, pues los Oprón podían atacar en cualquier momento. El Observador vio a la tropa agotada, todo el tiempo recostadas sobre los montículos de arena, apuntando con sus rifles, imperturbablemente hacia el horizonte. Esto ha sido así por más de dos años, esperando sin saber qué.

El Alférez Atir, ser acercó corriendo al Capitán que veía en la pizarra digital algunos mapas – ¡Capitán, Capitán!, se ha detectado movimiento en el radar, algo apareció hace unos minutos, los satélites espía no muestran nada, pero en el radar se ve algo que no se mueve- El Capitán Admón fue a confirmar el suceso y le pareció extraño, se comunicó con la Torre Guía, les dijo lo que sucedía y pidió permiso para ir al encuentro de la señal. De la Torre le negaron la petición, no los estaban atacando, era la excusa, si lo hacían, estarían invadiendo territorio ajeno y podía estallar la guerra definitiva contra los Oprón.

El Capitán dio la orden de esperar en las trincheras, según el radar estarían a no menos de 8 kilómetros de distancia. Pernoctaron y no se movía la señal del radar, a la mañana siguiente nada cambió, en la tarde tampoco y en la noche la señal desapareció, esto fue así por una semana. Desconcertada la tropa, pidieron al Capitán una retirada hacia la Torre Guía, aducían que ya habían cumplido con informar del acercamiento de los Oprón. El Capitán ordenó al Alférez Atir que dijera a la tropa que no se moviera de su posición, que no había certeza que fueran los Oprón y le dijo al Observador Mendes que describiera lo hechos tal como sucedían y no sea tomada esta situación como una alucinación. Que registrara lo del radar y el extraño comportamiento de la señal.

Dos días después, la señal apareció nuevamente, pero más cerca, a unos cuatro kilómetros, el Capitán subió a tierra firme y observó con los binoculares hacia el horizonte, no vio nada, ni señal alguna de un ejército ni maquinaria bélica. Desconcertado, se dirigió hacia la radio para comunicarle a la Torre Guía del suceso y solicitar una inmediata retirada. –Atir, dame las coordenadas de la señal- el Alferez Atir le dice: - Longitud: -102 Latitud: -103.8, Zona TB-302 - , -abre la comunicación- le ordena el Capitán, -Acá Base Límite 2 a Torre Guía, Base Límite 2 a Torre Guía, Base Límite 2 a Torre Guía- Nada Capitán, no contestan-, ellos insisten varias veces y piensan que debe haber una interferencia. Finalmente el Capitán dice: -les informaremos más tarde-

Lo intentaron por los próximos diez días, la señal volvió a aparecer y desaparecer, la tropa se encontraba asustada, le rogaban al Capitán una retirada. Luego, la señal desapareció definitivamente. Los soldados temían que si volvía, estaría tan cerca que les sería imposible escapar.

El Capitán se reunió con el Observador Mendes y el Alférez Atir y les comentó sus impresiones. El no poderse comunicar con la Torre Guía le hacía pensar que esta ya había sido tomada por los Oprón, y se preguntaba cómo es que lo lograron sin pasar sobre ellos. Tampoco sabía porqué no podía hacer contacto con los altos mandos y si es que ellos deseaban que se quedaran en esa posición. Y si escapaban, ¿adónde ir? El Capitán Atir decidió que no había alternativa, la opción no era huir sino esperar y luchar.

El alférez le dijo con preocupación al Capitán – Señor, ya hicimos lo encomendado, regresémonos, no sabemos que cosa son, ni lo que nos puedan hacer, los soldados están aterrados, si nos quedamos no lucharán, ya no pueden ni sostener sus armas, la presión es demasiada,- El Observador Mendes lo miraba asintiendo con la cabeza todo lo que el alférez decía -Tiene que ordenar una retirada-. El Capitán lo observó, se mantuvo pensativo un momento y finalmente le dijo: - Esta es una guerra señor Atir, si usted desea retirarse, no lo detendré, pero tenga en cuenta que donde vaya no sabrá si obtendrá la salvación que ahora anhela, la Torre Guía no responde, y pueda ser que ya haya sido destruida y no encontrará civilización a menos de dos mil kilómetros, si los Oprón ya tomaron la Base Principal estamos perdidos- El Alférez observó con la mirada ida a Mendes en busca de alguna respuesta, luego se sentó en una piedra y empezó a sollozar.

El Capitán, sabía de su angustia, no comprendía la confusión y el miedo que comenzaba a invadir sus pensamientos. A escondidas intentaba llamar, día tras día a la Torre Guía hasta que se rindió. Sólo se inclinaba a observar por horas el radar en espera de que la señal vuelva aparecer. Así pasaron las semanas, se habían escapado más de la mitad de los soldados, Mendes había caído enfermo por el estrés y Atir divagaba por las trincheras con la vista apagada.

Luego de tres semanas, al acabarse los alimentos y los medicamentos, Mendes murió, toda la tropa había desaparecido entre suicidios y huidas, y sólo quedaban el Capitán Admón y el Alférez Atir, los dos estaban abstraídos, casi sin conciencia, Atir gemía en un rincón mientras que Admón se mantenía débil, enfermo y echado en una improvisada litera. Unos días después Atir dejó de gemir, el Capitán deliró, gritando incoherencias, por unas noches más y luego todo fue silencio. Sólo un tintineo perturbó esa tranquilidad, el radar comenzó a indicar la señal perdida, traspasando en casi mil kilómetros la posición de la trinchera.
(Julián Farkas)

Afinidades Electivas (Cuento Participante del Segundo Premio Gorila de Cuento)

El seguimiento había durado toda la mañana. Ahora por obra mía más que de la casualidad, me lo encontraba en la ventanilla de préstamos de la Biblioteca. El me reconoció primero y me extendió su mano. Yo, que hasta entonces me había dedicado a conocerle casi de espaldas, le ofrecí la mía no sin cierto pudor de mi parte. Con los libros bajo el brazo nos dedicamos a cotejar los títulos en silencio. Ninguno de los dos dijo una palabra, sólo la sonrisa ausente en su rostro parecía ofrecer una muestra de solidaridad a mis aficiones literarias.
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Viéndole desaparecer de nuevo en el salón de lectura aún pensaba en aquella frente amplia de ojos embetunados por ojeras como dos tacitas de café. Su aspecto también contradictorio consistía de un buzo ceñido y un par de sandalias de cuero. En aquel lugar rebosante de sana juventud donde él despertaba el humor de los más jóvenes, yo descubría el siniestro ´nada´. Era inútil seguir esperando. Había anticipado la nulidad de mis compañeros pero ahora se confirmaba la de mis maestros. Aprendería solo si esto era posible.
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Fue entonces que decidí darle una tregua a la Universidad. Como quería evitar el encuentro desafortunado no volví tampoco a su Biblioteca, lo que me llevó a frecuentar la pública del centro de Lima. Desde el primer día, me impuse un régimen tan inflexible que no pocas veces esperaba en el vestíbulo hasta que los empleados comenzaban sus labores. Era tal el brillo que quería darle a la mía, que ya pensaba en algún curioso preguntando por el lector voraz de la última mesa; en ocasiones, también imaginaba el rostro sorprendido de un interlocutor ficticio al enterarse de que pudiera leerse ocho horas seguidas.
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Y tan naturalmente concebía estas ideas que fuera de aquel lugar triscado de quincha y cemento, de estanterías y de libros las llevaba conmigo. Me paseaba con ellas durante todo el trayecto hasta mi casa. Cualquiera fuese el resquicio, la luz al final de una quinta, una puerta de madera vieja: todo servía para despertar aquella idea que me iba poseyendo. Cuando al fin llegaba ardía como un demonio. Allí luego, todo era pleito, la mirada atónita de mi madre por algún comentario anticlerical y la incomodidad de mi padre al escucharme hablar con ironía del semblante gris de los abogados.
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El día llegó inevitablemente…
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Era casi fin de año y no había adelantado nada en la Universidad. Pero esto no era razón para regresar, confiaba que Papá finalmente prefería el genio al abogado. Esa confianza me impulsó a tomar con más voluntad mis tareas y aumentar mis cuotas de ocho a diez horas diarias sentado en aquellas urnas fúnebres que eran las mesas para seis de la Biblioteca Nacional. Aquella tenacidad me perseguía aún durante el sueño pues una vez lloré amargamente de que Göethe me atacara injustamente en un artículo y desperté gritando: ¡Naturaleza! ¡Naturaleza!.
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Con el tiempo empecé a sentir el cansancio. Mis horas de lectura se interrumpían por indeseables adormecimientos y conmigo echando babas y con cara de foca, balbuceando. Mis alucinaciones cada vez más verídicas se insinuaban ora como un párrafo perdido, ora en una voz que me llamaba por mi nombre. Pero aquella dramatización casi siempre terminaba con un porrazo contra la mesa. Cuando eso pasaba, de un salto aceleraba la marcha hacia los estantes más lejanos sin que nadie se hubiera dado cuenta de mi doblez. Esto al menos lo pensaba hasta que un día descubrí que un estudiante me miraba divertido. Como no le había visto antes, yo continué fingiendo. Tampoco él parecía interesado en lo que leía, pues después de unos minutos se levantó de su silla y caminó por todo el lugar.
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La sección dedicada a la literatura quedaba en el sotano de la Biblioteca. Sus techos altos de largos fluorescentes con las paredes desiguales no dejaban pasar las ráfagas de aire de la contaminada Avenida Abancay. Los pisos de distinta hechura anticipaban desde que uno ingresaba al recinto la improvisación de aquellas almas que allí se congregaban. Aquí llegué después de aquel período en que mi espíritu se hallaba dominado por la Filosofía. Aquí también conocí a Maurizio, el estudiante de 14 años que iba a hacer sus tareas de colegio.
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Con la cara redonda de labios gruesos y mentón retraído su aspecto no era todavía el de un hombre. Algunas veces dudaba viéndole la frente cubierta por un rebelde mechón castaño y las pecas limpias sobre el torso blanco. El me siguió porque había escuchado que yo era un buen lector de novelas y como no le gustaba leer prefería que yo le hiciera la tarea. Cuando me pidió ayuda yo me negué por principio, ya que nunca he estado a favor de las lecturas de segunda mano; pero luego acepté porque le haría bien a su formación tenerme como guía.
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Nuestras conversaciones de las tardes me habían entusiasmado a escribir un libro para los lectores ideales. Se lo dedicaría a él, mi hermano espiritual. El valor de este libro, le decía ardorosamente, reside en que está decididamente destinado a fracasar. Sentía ya crecer la idea cuando en el preciso instante en que se transparentaba, él me agarró a la tierra apretando mis manos entre las suyas. Irritado le grité: ¡suelta maricón!. El me soltó y se fue con el rostro convertido en una zarza en llamas.
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Pasaron varios días y no volví a saber nada de Maurizio. Pregunté a las encargadas del vestíbulo Lo busqué en las otras secciones inclusive en las de Arte e Historiografía. Esperaba que saliera el último usuario con la esperanza cristiana de volver a verle. Hasta llegué a insultar a la encargada de los libros de registro por decirme en la cara que no tenía inscrito a ningún Maurizio. En el colmo de su cinismo, dijo que jamás entraba un estudiante a la sección de adultos porque ellos tenían su propia Biblioteca.
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Enfermé por esos días y tuve que quedarme en casa. Allí convaleciente encontré una tarde entre mis papeles llenos de citas e ideas las reseñas que le había escrito. Cada una de ellas aparecía intacta en mi memoria. Con la cabeza negaba aquella evidencia cruel que es la realidad: Una existencia imposible tras una idea tan viva.
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Era el fin de una ilusión…
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He vuelto a la vida: entretanto, mi padre se ha enterado de que he perdido un año de clases. La desconfianza conque miro las cosas se insinúa lenta pero constante. Me voy haciendo eso que el mundo llama "ser alguien". Pero hoy-mientras escribo estas líneas-un soplo me arrebata y prefiero ser ese otro yo llamado Maurizio. (Harold Condor)

La Promesa (Cuento participante del Segundo Premio Gorila de Cuento)

Si hubiera estado preparado para la noticia, tal vez la miseria habría invadido su espíritu, y la desesperanza lo sumiría en la más profunda tristeza. Sin embargo, se sorprendía de la naturalidad con la que la había tomado, parecía que ya conocía lo que le esperaba, y su alma ahora transitaba por las aguas para las que se había preparado.

Al salir del edificio sintió la humedad en el ambiente, por un segundo pensó que se enfermaría, “qué importa ahora la salud” se dijo mientras encendía un cigarrillo y se encaminaba hacia su casa.

Era tiempo de programar sus días, y sobre todo, iniciar lo que hacia tanto esperaba realizar, su reconciliación con la humanidad. Para esto, creía que antes, era preciso pagar a todos aquellos a los que debía. En un exceso de sentimentalismo, pensó buscar a Elena y agradecerle por todo lo que le enseñó, pero un agradecimiento no bastaba, era preciso realizar una acción grandiosa, digna de un dios, para poder estar, al menos, a la altura de ella. Esta idea lo rondó durante tres semanas, en las cuales alternaba almuerzos con gente cuya amistad, viéndolo desde su perspectiva actual, era totalmente prescindible en su vida; y visitas familiares que siempre terminaban por hacerlo sentir miserable.

Semanas después que recibió la noticia, mientras tomaba su siesta vespertina, despertó repentinamente y se percató que transpiraba y sus articulaciones se adormecían. Lo más probable era que fueran síntomas normales de su enfermedad, y de no haber sido por una presencia en su habitación, hubiera vuelto a dormirse.

A un paso de la ventana de su habitación notó a una mujer sumamente hermosa, sin duda la más hermosa que haya visto, pero que a la vez, como sucede la más de las veces, indescriptible. Superado su asombro inicial, y animado por una sonrisa cómplice, le preguntó qué podía hacer por ella. Siempre iniciaba así sus conversaciones con mujeres desconocidas, era una frase que le hacía sentirse superior a ellas, a pesar de que era consciente de que nunca estuvo en una posición de superioridad respecto a alguna. Volviendo al inesperado encuentro, y ante el silencio que obtuvo como respuesta a su pregunta, prefirió cerrar los ojos e intentar dormir, ya que, no sin justa razón, supuso que no era más que un sueño.

Cuando reabrió los ojos, vio que la mujer estaba sentada a su lado mirándolo, si bien no con amor, con algo que parecía aprecio, o mejor dicho, interés. Con una voz seductora, pero que no tenía efecto erótico sobre él, inició la conversación, dejando en claro que lo sabía todo, y, que incluso, conocía su plan de reconciliación. Estaba aturdido por la presencia de una mujer en su habitación, pero sobre todo, por la sabiduría que de ella parecía emanar.

Durante una hora ella reflexionó respecto a la vida de él luego de conocida la noticia, siendo que hacia el final de su monólogo retomó la reconciliación, y sobre todo, el acto grandioso que tendría que realizar para satisfacer a Elena.

Todo era muy extraño, el conocimiento que la mujer tenía, no sólo respecto a él y su vida, si no también lo que sabía de Elena. Ella le recordó muchas escenas de su relación, muchas incluso que ni él mismo recordaba, pero que al ser mencionadas en boca de esa mujer enigmática, parecían hechos concatenados premeditadamente con el fin de demostrarle algo hasta ahora desconocido.

Elena, sin ser una mujer muy hermosa, irradiaba un encanto que la diferenciaba de todas las que hasta ahora había conocido. De haber sido por él, nunca se hubiera relacionado con una mujer de su tipo, que lo por lo demás, lo intimidaban hasta el punto de hacerlo huir y ampararse en aquellas que aparecían vulnerables.

Siempre le llamó la atención la falta de satisfacción de Elena, más que nada, en aquello que dependiendo únicamente de ella, le atribuía su fracaso a los demás. En esto, había alguien que, sin ser ella creyente, era el culpable de lo malo en el mundo.

Al principio creía que su odio a Dios tenía que ver con una vida desdichada, pero conforme la fue conociendo se dio cuenta que no tenía todo en su contra, y más aún, contaba con oportunidades que otros no tenían, pero que una y otra vez eran desaprovechadas a causa de su desidia. De su relación con Elena ya transcurrió mucho tiempo, lo que le permite darse cuenta que no era más que una excusa para una personalidad destinada al fracaso.

A pesar que ya había podido entender a la Elena que conoció, le resultaba atractiva la tragedia que de su pensamiento brotaba. La conversación que había mantenida con la misteriosa mujer lo convenció que para agradecer a Elena debía congraciar su desgracia con la de ella, es así que tomó su odio a Dios como el suyo propio, e inició la preparación de un plan con ese propósito.

Al principio se le ocurrió atentar contra la suprema creación del hombre, pero le contuvo el hecho que a ojos de los demás no pasaría de ser un asesino común o un lunático, y que la gran proeza por la que esperó toda una vida se perdería entre páginas policiales.

Sus conversaciones con la misteriosa belleza eran cada vez más frecuentes, y sabiendo ya el papel que le correspondía jugar a ella, no tenía reparos en contarle su planes, e incluso solicitarle un consejo, ya que, no sin razón, quién conoce mejor a Dios que el Diablo mismo. Ella le escuchaba con atención, le mostraba su disconformidad con algunas ideas, y lo alentaba en otras.

Sentía que ya llegaba el momento de la agonía, y se espantó al ver que no había podido ejecutar su plan. La cuestión siempre era la misma ¿cómo vencer a Dios? Ni siquiera en las conversaciones con ella había podido idear un plan coherente y posible.

Estaba sumido en la más profunda tristeza cuando, como otras tantas veces, ella se apareció, tenía un cuchillo en la mano, el cual dejo en la cama, y lentamente se alejó a la ventana del cuarto, como la primera vez que se presentó.

La desesperación ya se había apoderado de él, que tomando el cuchillo se acercó a ella, le acarició el cabello y atrajo su cabeza a su vientre, ella alzó la cabeza y a su mirada cómplice le siguió un movimiento mecánico que hundió el metal en su piel, que se cubrió de un líquido negruzco, que contrastaba con su piel pálida.

Luego de unos minutos, se percató que sensorialmente ya nada podía sentir. Lo único que lo hacía percibir su propia existencia era la tristeza, una tristeza que se convirtió en satisfacción, se embriagó de autocomplacencia hasta que su pensamiento desapareció, y de él, ya no escuchó más que ecos apagados en la silenciosa noche que mató a Dios. (Esteban)